Accidente trágico
por Rama
Segunda entrega de la trilogía.
Morir se puede morir de muchas formas. De hecho muchos sucumben al llegar a una edad avanzada, por el mal funcionamiento de algunos órganos, sin mayores sobresaltos y con la satisfacción de haberle resistido muchas batallas a la oscura poeta.
Otros quizás padecen de alguna enfermedad hereditaria y viven luchando día a día contra la vieja malhumorada que nunca pierde. Unos sufren accidentes, eventos poco fortuitos que desencadenan en la formación de un bunker de resistencia para la guerra, acorralados en oscuros callejones, resistiendo como pueden, como sea.
Mi muerte en cambio fue paulatina, imprudente y atroz. Al menos creo que he muerto, o estoy por hacerlo; Tuve un accidente, meses atrás, en el cual estuve gravemente herido; mas de quince quebraduras, traumatismos craneales, quemaduras de segundo grado y atrofiamiento de los músculos.
Los médicos aseveraban que podría perecer de un momento a otro. El daño era casi total, y por lo único que me siguieron atendiendo fue por el irrisorio hecho de que seguía con vida y la atención que les llamaba que todavía siga respirando, y la incongruencia que demostraba el poco cuerpo que me quedaba con el respirador moviéndose.
En aquel purgatorio pasé muchos meses distorsionando el tiempo, sumido en pesadillas y flashes de lo acontecido. En un estado cuasi vegetativo, a la espera de la última estrofa de la madama de negro, la ultima melodía que termine de vaciar el sonido de este recipiente maltratado.
No solo que no apareció a tocar el concierto o a mojar la pluma en el tintero, sino que además, mesuradamente, empecé a mejorar.
Y comencé a recordar de forma muy pagana el micro, una mujer en camisa, bastante sensual, y un chillido estrambótico. Como si estuviese de espectador viendo la situación, intentando escuchar el dialogo y tratando de dilucidar quienes eran los participes.
A esta altura, no sabía si estaba vivo o muerto, si las imágenes que venían a mi cabeza eran de una película o yo mismo había sido el protagonista.
Los estudios fluctuaban y blandían los límites de lo admisible. Los médicos pregonaban que era un milagro, que no existía explicación posible acorde a los conocimientos que habían adquirido; y la tecnología, bueno, la tecnología se comporta de forma inerte a los resultados increíbles.
Mis familiares sortearon que fue un evento mas del improbable posible de una naturaleza que ríe cada tanto para demostrarnos que equivocados que estamos y cuan poco sabemos en realidad. Si fue dios, la naturaleza, o el azar, no lo se, pero luego de once meses dí un vestigio de vida.
Todavía seguía padeciendo horrorosas imágenes en mi cabeza, y poco a poco comenzaba a esfumarse el velo de lo intangible.
Luego de algún tiempo mas, que me es imposible recordar con exactitud, fui recobrando los sentidos, exiguamente.
Primero fue el tacto, y una enorme avalancha de dolor en todas sus formas posibles me sobrevino. Más o menos como si me hubiesen quemado, cortado, quebrado, clavado, raspado, todo eso en un instante. Y Ahí recordé parte del choque, y algunos detalles irrelevantes como haber rozado las manos de ella con el vaivén del colectivo.
Luego apareció el oído. Empecé a escuchar murmullos, que luego se fueron transformando en voces y mas tarde en conversaciones. No se si eran del hospital o seguía retrayendo mi mente hacia ese micro, hacia esa fecha. Comencé a exasperarme pero me sobrepuse, después de todo estaba vivo. O al menos tenía esa sensación..
Más tarde le tocó al gusto. Un extraño sabor metálico rondaba toda mi boca y una sequedad que transformaba en pavimento mi lengua. Mi saliva parecía ácido y mis encías, no, ni sentía mis encías, no ven que todavía sigo delirando.
Durante dos días intenté forzosamente abrir los ojos, pero el dolor que padecía colmaba mis intentos una y otra vez. Quizás por ser una de las personas mas obstinadas que conozco, tal vez por el aliento que remoloneaba en el ambiente, pero en el sexto día logré pestañear y entreabrir un poco los parpados. Y si, confirmé la teoría que venía elaborando. El choque fue real, y mi casi muerte también. Inexplicablemente estaba vivo.
Debido a la cantidad de quebraduras y traumatismos que tuve, sumado a la cantidad de quemaduras, me era imposible moverme, me sentía atrapado dentro de mi cuerpo con miles de sensaciones abordando.
Y la verdad, la frustración era extrema.
Con el correr de los días intenté comunicarme, y seguramente habrá sido la cantidad de tiempo al pedo que tuve; fui armando posibilidades y bosquejos para poder hacerlo. Pensé en mover los ojos para un si y un no, pero eventualmente con la complejidad de las preguntas y respuestas me vería aplacado y mas abatido aún.
Pasaron tres semanas y pude mover los dedos de las manos y pequeños bamboleos en la muñeca me dieron la certeza de que podría llegar a escribir algo si tenía la paciencia suficiente. Intenté una tarde hacerle unas morisquetas a la enfermera para captar su atención y que me trajese algo para tratar de anotar. Y creo que ahí fue, debe haber sido la primera cosa cómica que urdió en mi cabeza luego de quien sabe cuanto tiempo. Tres días tardaron los malparidos en entender que les estaba pidiendo.
Era consciente de lo engorroso y fatigoso que podría tornarse el ejercicio de mis extremidades, totalmente destrozadas, ¡pero tampoco era imposible! me dije; si me había salvado de semejante choque, tranquilamente podría sobreponerme ante tal situación.
El proceso fue lento y doloroso, así como extraño e intrigante. Decidí que debido a que iba a emprender un nuevo viaje; era básicamente empezar de 0, como si fuese un nene en el living jugando con ceritas. Discurrí que lo mejor sería ver como me desempeñaba con mi otra mano, aquella que siempre estuvo de acompañante, siempre actor de reparto, nunca protagonista. Lo cómico fue eso, los conocimientos los tenía, la cabeza estaba intacta, mi cuerpo no.
Empecé a garabatear con mi mano diestra un pequeño bosquejo de letras, tratando de hilvanar alguna oración, al principio sin suerte. Luego con mi mano ducha, el efecto, el mismo. Días y días fueron de práctica, y al cabo de unos quince ya había empezado a tejer mis primeras oraciones, con ambas manos.
Mis primeras conversaciones se dieron con mi médico y la enfermera de turno. Luego sobrevino el éxtasis de algún familiar, y con ello más tarea para mí, más entrenamiento en este nuevo arte de aprender a escribir y más dolor, mucho dolor.
Por último intenté dibujar, algo que nunca en mi vida había podido lograr. Y a pesar de la poca funcionalidad motriz, garabatié mejor que en cualquier otro momento de mi vida. Absorto por esta cantidad de incongruencias proseguí con otras tareas que confirmaran esto que venía pensando.
Muy de a poco comencé la casi insólita tarea de rehabilitación, y veía sus caras desacopladas de sus discursos. Alentándome hasta empalagarme, mientras sus rostros mostraban una irremediable lastima, y hasta repugnancia podría decirse en algunas ocasiones; lo cual me exasperaba por no poder saber porque lo hacían, a pesar de ser conciente parcialmente del estado de mi cuerpo.
Empecé a sopesar la inquietud de ver como se encontraba el cascarón de este cuerpo, quizás el accidente había logrado una de esas macabras obras de arte, bizarra, lúgubre.
Para queeeeee, cuando me ví, mi cara, bah, lo que quedaba de ella. Debería haber sido utilizada por algún director de Hollywood para un mega film de terror. Yo debería ser el sucesor de Freddy, el tío malo de Jason. No era incomodo mirarme, daba miedo.
Se me ocurrieron varios slogans al pasar. Que viejo de la bolsa ni el cuco, “si no comes las verduras viene el tío a hacerte un show de caras y caretas”; otra, “si no haces la tarea viene el tío a contarte historias de terror a la noche”.
Y muy lentamente fui dándome cuenta de eso, de esta clase de humor ácido que nunca había tenido y había nacido. Estaba seguro que no eran parte del antiguo yo, no obstante acá estaba, codo a codo, tratando de levantarme el animo.
Y así lentamente fui descubriendo cosas en mi ser que nunca creí tenerlas, o que nunca tuve y habían emergido con esta nueva parte de mi.
Desde la cama, prácticamente inmóvil, tuve la certeza de que era un excepcional jugador de polo, cuando bien yo se que, en mi puta vida me subí arriba de un caballo, mas que para dar un par de vueltas en algún cerro pelotudo de Bariloche. Sin embargo tenía esa extraña certidumbre, sabía que si me subía a algún caballo y me daban un palo, la iba a romper.
Las noches eran cálidas, y la morfina me daba una sensación acogedora, sumado al silencio de los sanatorios con la caída del sol, luego de que se hayan retirado las visitas; comenzaba la mejor parte del día para mí. La de tratar de dibujar a Victoria en silencio.
Continuará…
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