Los viajes eternos

por Rama

Primera entrega de la trilogía.

Segunda parte

Tercera parte

No es como dice Dolina, que uno vive amando y siempre se va recobrando esa energía, uno ama unas veces, quiere otras muchas y por ultimo termina aceptando las pocas que le quedan.
Si existe ese amor, por el cual nosotros no percibimos, o no lo valoramos como tal porque es efímero, fugaz y lleno de augurio, que a menudo aparece tan rápido que solamente nos contentamos con una buena figura y no llegamos a apreciar la totalidad.
Un claro ejemplo seria el colectivo, cuantas veces nos hemos enamorado de distintas curvas, sonrisas, gestos y facciones que rozan con la locura, que al fin y al cabo sin ser demasiado hipócritas son las primeras opiniones las que cuentan, no hay segundas oportunidades para primeras impresiones. Luego si la llegase a conocer remediaría cuanto de exaltación y lujuria había en mi juicio.

Cuantas veces hemos pensado decirle algún sutil comentario a esas damas del infierno, de partir en 2 la rutina, de quebrar los ejes de la rueda que siempre gira y siempre absolutamente siempre hace lo mismo, de arrebatarle una sonrisa, de enardecerla por segundos siquiera, o de ruborizarla ¿Por qué no?
¿Cual es ese sentimiento aterrador que siempre nos deja pasmados a la hora de actuar, de hacer el ridículo, de romper con el esquema? Algunos pueden dar alusión al miedo, bueno analicemos eso: Miedo, ¿miedo a que?, ¿a que este individuo nos mire mal? Nos han mirado miles de veces peor que lo que lo puede llegar a hacer esa señorita inocente y atrevida a la vez, como si hiciese caso omiso de sus armas de seducción pasivas.

Miedo… Miedo era lo que le teníamos a la vieja de la cortada, así la llamábamos… que cuando perdíamos la pelota en su preciado jardín teníamos por sentado que era volver a la desgracia, a saludar tías sin ganas, a hacer tantos mandados como pudiésemos para ir y comprar una nueva, era cantado que esa pelota iba al recuerdo. Me acuerdo de forma pagana que nos miraba y sacaba su utensilio de nuestros malestares, mientras atravesaba el balón con ese cuchillo de cocinero, medio viejo, que seguramente usaba para excavar en la tierra y sembrar nuevos plantines; y así veía lentamente el desfigurar de nuestra cara, el paso de la alegría a la decepción, luego a la tristeza y por último, terminando en una desatada ira.

Como toda acción tiene una reacción, nosotros tomábamos represalia con su adorado jardín al mejor estilo Pandilla de New York. Eso era una mala mirada. Esos segundos de rebelión, donde el miedo parecía tan pequeño como esos pétalos que quedaban de aquellas margaritas que la vieja tenía. A ese sentimiento estoy trazando mi línea, a pisotear, arrancar y descuartizar cuanta planta se interponga en nuestro camino, a envalentonarnos, a desafiar a la muerte, a cantar un vale cuatro en tercera con un doce a tres de salir.

Pasemos a la vergüenza, otro punto que quizás puedan llegar a esbozar; algo bastante frecuente que podría suceder. Yo no se ustedes, pero recuerdo haber tenido vergüenza por no saber como responderle a una maestra cuando no hacia mis deberes, cuando nos agarraban con las manos en la masa mandándonos una cagada tras de otra y cosas por el estilo. Sin embargo, no recuerdo haber tenido vergüenza al ponerle alguna que otra declaración de amor en una cartuchera de alguna compañerita, o pasarle algún papelito en el bolsillo del guardapolvo. De hecho, hasta quizás tuve suerte en alguna ocasión, pero eso pasó hace mucho tiempo, cuando todavía no comprendíamos las reglas sociales, eramos ingenuos y nos gustaba.

En efecto, el otro día, en uno de esos tantos viajes que parecen siderales, yo me dirigía al interior, a unas cuantas horas de mi ciudad. De tanto mal acostumbrarse uno, cuando tiene paseos extensos, tiene la opción de retozar, de leer un buen libro o tal vez escuchar un poco de música en uno de los 200 aparatos que solemos tener con nosotros. Descartadas las opciones anteriores, libro no había traído,ya que suponía un peso adicional que no querría cargar con tanto calor, el celular asomaba a quedarse sin batería y la noche anterior había vencido al insomnio, lo cual dormir no era una opción.

Supuse que la mejor alternativa era mirar alguna película de esas que pasan en los micros, por mas desagradable que fuese, tenia que hacer el intento. Que bolso arriba del asiento, que saco colgado, camisas arremangadas, toda aquella tediosa preparación iba culminando. Estaba dispuesto a estirar las piernas, y descansar, cuando por los pasillos el pequeño ruido a hueco, a madera a través de la goma que el piso suponía tener y que ya gastada por tanto uso repiqueteaba.

Me asomo. Era una mujer, no, una mujer no, era una Coupe Fuego en la decada del 90. De cuerpo agresivo, al menos lo que las prendas dejaban notar, perfume suave, habrá tenido algo de Jazmin en sus ingredientes pensé, unos ojos de gato montés, verdosos y profundos, de esos que te desnudan con la mirada, los pelos castaños recogidos, una pequeña trenza al costado para alivianar el calor que avecina, una camisa con unos pequeños botones desabrochados y una pequeña sonrisa singular.

Perplejo ante tal insuperable creación quedé atónito y cuando quise recobrar el sentido de la realidad me estaba mirando y preguntando:
-Discúlpame, este es el 19? Era la segunda vez que quedaba estupefacto en un lapso de 30 segundos, esta ultima por esa voz que sonaba tan ligera en el aire, tan calma y dulce a la vez.
Sin perder la cordura, controlando una posible y prematura taquicardia le dije cordialmente:
-Mira, no se si es el 19, pero no creo que haya inconveniente que te sientes acá señalando el asiento adjunto.
Yo sabía perfectamente que era el 19, pero quise dejar en claro que su compañía era de lo más agradable. Verá, cuando uno empieza diciendo belicosas palabras se tiene que lograr esa sensación de ambigüedad, de comicidad y exaltación. Con una muy leve sonrisa, accedió tácitamente e intenté levantarme como todo caballero; agregó ella muy risueña esta vez:
-Deja, no te levantes, no estoy tan gorda.
Yo por dentro reflexionaba ¿Gorda? Esta no tiene de gorda ni las uñas
-¿Necesitas que te ayude? Acoté porque la veía renegando con su excesivo y poco modesto bolso de mano.
Con aires altaneros me devastó con una mirada y un:
–No, te agradezco.
Aplacado como soldado romano ante su general, apoyé mi espalda y me recosté.

Al cabo de diez minutos ella logró sentarse, y empezó con su ceremonia de acondicionamiento del lugar y su postura, y  entre otras cosas que no recuerdo, sacó un pequeño libro que fue lo único que cautivó mi sobria atención.
A mi entretanto, amante de la literatura, me abordó la curiosidad. Definitivamente quería ver quien era el autor, que obra era y si lo había leído hasta re ojearlo en mi cabeza por una posible conversación. Cualquier movimiento demasiado abrupto seria un acosamiento a su persona, una ridiculez por mi parte. Así que hice lo que cualquier persona hubiese hecho (no, no me quedé callado y miré la película) Le dije:
-Discúlpame, ¿que libro estás leyendo? Soy una persona muy curiosa y no quiero andar mirando de reojo la tapa que estás apoyando sobre tu falda, porque seguramente voy a tener la mala leche de que pienses que soy un desubicado, y seria  feo que sospeches que te estoy mirando descaradamente y sin permiso.
Dicho esto, fue un remolino de emociones interiores, una parte carcajeaba a más no poder, otra estaba inmiscuida de terror.

Mirándome con una total displicencia me dijo:
- Bioy Casares, Clave para un amor, añadió con cierto agrado lo que sujetaba en sus manos, y en adición a eso sobrevino su postura, y anticipándome a lo que estaba por suceder sumó a su oración:
-¿Conoces? ¿Te gusta?

Eran segundos los que tenía en mi dominio para decir justamente las palabras que me iban a trasladar a un placido coloquio para sobrellevar la agonizante travesía de viajar en micro, en verano, y sin aire, o fumarme una película de lo mas pedorra con la incomodidad de haber dicho cualquier barrabasada.
Pasé rápidamente sus obras por mi cabeza y por suerte sabia quien era, conocía que estaba leyendo y hasta se podría decir que podía opinar del tema.

-Mira, no es de lo mejor de Bioy Casares lo que tenes en tus manos, pero seguramente podrá entretenerte al menos para este tedioso viaje. me salió como esputada a toda marcha desde adentro.
Ya parado firme, como estatua de Machu Pichu la traté de encauzar a alguna obra que me haya contemplado del mismo o algún similar para sacarle el mayor jugo posible.
-¿Solo Bioy Casares, o Borges también? Pregunté.
Ya cerrando un poco el libro, pero no completamente y poniendo un dedo como marcador giró unos cuantos grados e inesperadamente se estaba gestando una posición como para conversar.

Arrancó el micro como era de suponer y ella ya cruzaba sus piernas, apuntándolas casi hacia mi.
Al parecer ella no era solamente un cuerpo descomunal y unas facciones bonitas, lo cual me desconcertaba aun mas; no por ser machista, no creo serlo, sino porque son cosas que generalmente no van de la mano. La sociedad misma enfila los simetrismos físicos a sobrevalorarse superficialmente. En síntesis, la mina no era ninguna boluda.

Al cabo de un buen rato, ni se cuanto tiempo habrá pasado, perdí la noción por la soltura y la crudeza de la charla. Me contó que viajaba a visitar a una amiga, que estaba sola y que su antiguo novio era demasiado ególatra y desmesuradamente posesivo. Como buen e ingenioso hombre, dejé que hablara, acoté cuando fue oportuno, pero me limité a estudiar un poco de su verdad. Seguidamente a eso acaeció un momento de silencio y yo juraría que fue eterno, sin embargo Victoria, así se llamaba, me preguntó:

-Y vos, ¿que es de tu vida? Té acallé con tanto palabrerio, raro en mí.
Le conté algunas cosas de mi vida, que me gustaba la literatura y la música por sobre todas las cosas, y que de a ratos me animaba a escribir. Traté de no apuntar mucho el dialogo hacia las parejas o el amor, no me parece un terreno propicio para hablar. Los fracasos fueron una parte del pasado y solamente tenemos que recordarlos de vez en cuando, leer algunas páginas de vez en cuando, sumergirnos en una bonita nostalgia y volverlo a guardar. Para eso sirve el pasado.
No se si habrá sido la forma, o la sutileza de la elección del vocablo, pero algo de aquello que había regurgitado parecía agradarle mas de la cuenta.

-¿Qué escribís? Me dijo. En un tono muy amistoso.
Me había desmantelado en una frase y una sonrisa levemente ruborizada.
-Le escribo a la vida, a los hombres y a las pasiones. Escribo solamente lo que quiere ser escrito. Al fin y al cabo era eso lo que me gustaba redactar básicamente.
Le comenté que también era suerte de musas o inspiraciones, que existían semanas de vacío, que uno no elegía cuando, sino como.
-A ver, mostrame algún manuscrito acotó señalando el pequeño atache.
De reojo, mirando el reloj, quería postergar lo impostergable, necesitaba mas tiempo con esta mujer; si todo había marchado según lo planificado, en veinte minutos estaría descendiendo del micro.
-Te obsequio algunos de mis bosquejos a cambio de un café a la vuelta de tu visita con tu amiga.le declaré.
-No se cuando vuelvo, y no se a donde vas vos siquiera.
-Yo me bajo en Concordia, tengo que hacer unos tramites para mi empresa le aseveré, esperando ver alguna modificación en su rostro que me llevase a pensar que iba a tener la suerte de descender conmigo.
Justo cuando estaba por mencionar algo con cierta complicidad y agrado en sus gestos,  se oyó un fuerte chillido, un brusco movimiento en todo el micro y un impacto estruendoso.

Lo último que recuerdo son flashes, bolsos girando en el aire, una contractura extrema y la cara de Victoria apoyada en mis piernas, totalmente ensangrentada. Seguimos dando tumbos y vueltas por varios segundos y con cada giro mas dolor, y con cada trompo la extenuada desesperación de que todo podía acabar en ese instante, con una mujer que podría haber sido alguien, con miles de proyectos sin terminar, con la llegada de una muerte insospechada.

Continuará…

Nota: Este texto está compuesto por tres partes.
Accidente trágico
Las trampas de la mente

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