Ramakandra

Cuentos que no son cuentos…

Sueños de un sarcófago

Sueños enterrados en un sarcófago
En un panteón poco buscado, olvidado por muchas civilizaciones
Escondido de siniestros sujetos con oscuras intenciones
Encontrado por un soñador casi despierto, casi muerto
Perplejo ante tal descubrimiento, decide fantasear
Dilucidar el perímetro, corretear por el

Luego de recorrerlo hasta el exabrupto
Se da cuenta que su sueño no se parece en absoluto
Él imaginó paredes arcillosas y tumbas antiguas
Reliquias embebidas de polvo y pisos rupestres
Encontró nichos barnizados y paredes que sollozaban tristezas
Siguió buscando, encontró pasadizos y más caminos
Que se transformaban en bifurcaciones que a sus ojos
Parecían perfectamente imperfectas, algunas para la izquierda
Otras hacia arriba, otras para abajo.
Tomó de su bolso una cuerda y comenzó su descenso.

Emprendió su éxodo hasta lo más oculto de la cripta
Absorto por la oscuridad, pero atrapado por su deseo.
El camino, cada vez mas angosto, el oxigeno fulguraba por su falta
Y su respiración parecía que se crispaba
Su pecho ardía, sus manos sangraban y sus ojos gemían de dolor
Siguió todo lo que su pobre cuerpo pudo resistir
Su espíritu hubiese continuado si no fuese
Por esa bolsa de carne y huesos que siempre entorpece

Se sintió cerca de su destino, y también padecía una extenuación total
Sus últimos latidos parecían acercarse
Le aterrorizaba la idea de no poder concluir con su destino
Ya con piedras incrustadas en sus pies, un dolor incalculable
Entendió que aquello que buscaba siempre estuvo presente
Simplemente no tenía ganas de ser encontrada, quería ser buscada
Y allí estaba, sentada en un sarcófago esperando, la muerte
Su muerte que tanto buscaba…

¿Quién es el asesino?

Todos somos potenciales asesinos… Sólo que mientras algunos llevamos a cabo nuestras fantasías, otros viven presos del deseo. Todos, absolutamente todos en algún momento de nuestra vida quisimos matar a alguien o deseamos su muerte por alguna causa.

Hay dos tipos de asesinos, los que viven como peones de la parca, conscientes de la situación, psicópatas adoctrinados y los que se descubren de un momento a otro, personas comunes y corrientes sin ningún trastorno aparente en la personalidad.

Usualmente y no por casualidad, los primeros rara vez son aprehendidos. Ellos, verdaderos asesinos, planean hasta el silbar de la pava para estocar por el cuello a sus víctimas, logrando ahogar los gritos sordos del crimen con el pitido del cacharro. Son precavidos, meticulosos y muy ordenados. Probablemente la frialdad de su caminar sea lo que los protege. Estos matan por un beneficio, un motivo cualquiera, o simplemente por una módica suma.

En cambio, los del segundo grupo se desatan en un santiamén. Puede que estén almorzando y, sin haberlo premeditado, se vean con un cuerpo tendido sobre la cocina, un cuchillo ensangrentado y una palidez fantasmal. Ellos no querían eso, pero el instinto y el momento se apoderaron de su voluntad. Los crímenes de esta índole son generalmente pasionales: una infidelidad por parte de la esposa, unos nervios crispados, una suegra malintencionada. Atónitos ante tal aberración es probable que se inmuten en el tiempo, presos del cuadro que ellos mismos han pintado.

Pero siempre hay alguien que rompe con el esquema, después de todo, están hechos para eso. Las leyes existen porque se pueden romper, sino no serían leyes, serían apenas tácitos tips.

Y eso debe ser lo que le sucedió a Julio una tarde como cualquier otra al regresar de su trabajo. Seguir leyendo »

Pies al revés

Siempre que hablo con amigos y rememoramos nuestros años de niñez nos acordamos de muchas anécdotas de nuestra infancia e, hilando mas fino, por mi cuenta he llegado a la conclusión de que a nuestra generación o a unos cuantos nos enseñaron las cosas mal.

Cuando yo era un pibe en casa no había muchas pautas, sólo unas pocas, pero se hacían cumplir:

La primera: Las reglas no se discuten.
Y la segunda: Se debe respetar a los mayores.

No sé si conspiraba el universo o los astros chocaban a lo lejos, pero lo que decía la vieja se hacía cumplir y punto. Ella hablaba y nadie refutaba… ni siquiera mi viejo. Precavida y perspicaz era la guacha, ella no se iba a ensuciar las manos sabiendo que teníamos que convivir todo el día. En cambio, citaba aquellas palabras mágicas y el orden del universo parecía reinstaurarse: “Ya va a caer tu viejo y vas a ver”. Y no es porque fuera machista, pero mi vieja estaba en casa y sino era mi abuela, con esa alma de guerrero de Odín.

Obviamente los viejos tenían que laburar, y aunque no los veías a tan menudo tenían muchísima autoridad, la que le daba la vieja para no confrontar tanto. Es que en ese tiempo había laburo para la mayoría y absolutamente todos volvían a casa. No había que pagar rescate o ir a retirarlos a la morgue.
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