Ramakandra

Cuentos que no son cuentos…

Despertar

Ya han cortado todos los árboles
Y no queda madera para construir la balsa
Que me lleve muy lejos de toda esta decadencia
Se escupen ríos y flores, se manchan ojos con rimel
Cielos cada vez más opacos, luces y más luces
Barbie tuberculosa plantando elitismos
Interminable barbarie monótona
Torbellinos de preguntas
Laberintos sin respuestas

Apenas puedo ser quien soy en esta montaña de falsos ideales
De culturas sin nombre, de gente sin sueños, de encierro
Fuertes vientos resoplan en la angustia del hombre
Almas asfixiadas por tanto cotillón
Y nadie se acuerda, que cuando termina la fiesta
Todo va a parar a una caja fría, vacía, oscura.
En estos tiempos, en estos momentos, nada es lo que parece
Tesoros son los que brillan, trofeos canjeados por aceptación
Cuerpos mutilados, rellenos de nada buscando ilusorias fortunas
Esta plaga abrumadora que quiere despistar
A todo aquel que ose con dudar

A dónde iremos a parar con tanta agonía
Con tanta desesperación, sin remisión
En este insomnio sempiterno
Cavar tumbas, golpear cadáveres
Despertar, pensar, luchar, vivir, morir.

Mi charla con la muerte (Parte II)

Parte 1

Sugestión es uno de los poderes, de eso estoy parcialmente seguro. Ahora, ¿qué otro poder podría llegar a tener este ser que pueda representar un beneficio para mí? Pensaba, pensaba. Seguramente podría satisfacer mis deseos personales. Error, él supone que yo voy a hacer eso para menospreciar los poderes que me otorgará, o no utilizarlos en su máxima exponencia, conformándome con las banalidades visuales. Por ende, si él cree que yo estoy pensando en mis deseos personales, “yo tendría que seguir pensando eso para que siga con esa idea, de esa forma me daría más tiempo para socavar la totalidad de los bienes que me adjudicará”..

También podría preguntarle a quiénes les ha cedido los poderes para entender un poco más la naturaleza y el alcance de los mismos.
- Otra pregunta, ¿a quién más les has dado este tipo de gracias?
- Si te dijese, ¿qué sentido tendría? Con la tecnología que hay hoy por hoy, al cabo de unos pocos días dominarías la mayor cantidad de los beneficios que te ofrezco y yo me aburriría.

No faltaban más que unas cuatro pitadas, la noche nos había sorprendido y el cigarrillo se consumía mas aprisa, la brisa se transformó en viento y el viento en ráfaga. Fue en ese mismo momento cuando mi cigarrillo se desprendió de mis dedos y fue a parar a un charco, este mismo apagándolo y mi mirada acompañándolo.
Giré unos pocos grados para disponerme a darle mi respuesta y él o ella ya no estaba, solamente quedó una veta de ese aroma horrendo y una vacilación descomunal. Seguir leyendo »

Mi charla con la muerte

El atardecer se precipitaba y la noche que no esperaba. Yo deambulaba por costanera regresando de mi trabajo. El viento rasgando mi silueta, el cálido clima posándose sobre mi rostro, el vaivén de los autos aturdía mis sentidos y yo andando como quien dice a la deriva. Reflexionaba acerca de la concepción que tenemos sobre el alma, distorsionada, irrisoria y muy sobrevaluada en las acciones de bolsa, o al menos eso me decía. Todo el mundo especula para llegar al cielo, una pobre y desacertada especulación pero así es, suscitaba, pero ¿qué pasa con el que no quiere ir al cielo? ¿Acaso es un hereje?¿ Y si alguien tiene ganas de irse al limbo? ¿Cuál es el problema con el limbo? Al fin y al cabo la concepción que tenemos de estos lugares es meramente literaria.

Llegando a una esquina, aprieto el embriague, suelto el cambio y avanzo por la inercia hasta llegar a la senda peatonal.

Tal cual mi susurrar perpetraba mis entrañas, percibo en la brisa un pestilente olor a sulfuro conjunto a un leve murmullo que me manifestaba “Te vine a buscar, no temas, quiero charlar unas cosas con vos”. Me di vuelta, pensando en algún conocido, cuando me percaté que la voz iba dirigida hacia mi interior. Cuando dilucidé que no había gritos ni bisbiseos, sino más bien un mensaje hacia mi interior y no a mis oídos, el escalofrío que sentí en ese momento fue de ultratumba, mis huesos parecían corroerse de la desmesurada oscilación. El tintineo de mis manos me impedía tomar con rigidez el volante, de modo que subí a la vereda y apagué la moto. Seguir leyendo »

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