Todos los fuegos van al fuego (Última parte)

por Rama

“A ver, rearmemos el croquis Renato. Fuiste a desayunar por una cuestión fisiológica y ahora hay una chica duchándose en tu baño. No tiene mucho sentido, sin embargo se siente agradable, casi tanto como tomar mates en la puerta de casa en esas mañanas otoñales que resoplaba un fresquito en contraste con el sol, que todavía te hacía dudar, si ponerte la campera o bancártela con una remera. Ahora, por favor, borrate un poco la estúpida sonrisa porque está por salir del baño.”

Se hizo el boludo, haciéndose el que ponía música, jugando a que acomodaba un poco y revolviendo mucho una salsa que no lo necesitaba. Esa sería su distracción para no verla cuando saliera del baño con un toallón a medio atar, el pelo se le recostara sobre sus hombros y rezaría si fuese necesario para que no se riera. ¿Que música debería poner, cual es la melodía o sinfonía que se clava en el medio, entre tranquila y cachonda? Juntó un par de anotadores, prendió la notebook y puso un poco de Pink Floyd.

Ella salió del baño con los labios apretados, advirtiendo el cambio de temperatura entre un cuarto y el otro, esparciendo el vapor acumulado con todo su aroma. Mojó un poco el piso y dibujó unos piecitos mientras se acercaba riendo. Todo un pedazo de vida con una gracia que hacía rechinar de alegría el parquet y le soltó con muy pocos pelos en la lengua:
- Me gustaría saber tu nombre, así no tengo que generar algún ruido molesto para captar tu atención. ¿Te diste cuenta que hace más de dos horas que estamos hablando y todavía no sabemos como nos llamamos?
- Renato me llamo -y ahí se fue la sonrisa incontrolable-. Sí, es verdad. No lo había pensado, es un tanto extraño. ¿Amerita buscarle el motivo, o dejo mi neurosis ahí, con la salsita que estoy preparando?
- Como el arquitecto, Renato de Fusco.
- Ah, sí! Claro, Renato… Ni idea quien es.
- Renato de Fusco, un arquitecto contemporáneo. No me des bolilla, casi siempre termino asociando todo con la arquitectura.
- Y vos, ¿heredaste nombre de abuela o tuviste padres revolucionarios?
- Victoria me llamo. Y no, no vale la pena recaer en el intangible suceso de pasar por alto algo tan absurdo como los nombres.
- Perfecto, entonces ya podemos ir al registro civil y casarnos. Tenía miedo que te llames Ramona o Margarita.
- Sí, dale, pero primero vamos a comer porque entre la lluvia, el frío, la ducha y la corrida, me agarró un hambre barbaro.
- Acá tenes vino si querés, agua en la heladera, pan fijate como está. Sinceramente no me acuerdo si es de ayer o antes de ayer. En el peor de los casos lo calentamos en el horno.
Puso unos platos mientras liquidaban el vino restante, y trajo el poco queso rallado que quedaba, un par de vasos distintos entre sí y unos cubiertos de la pileta, previamente secados, ahí nomas, con el repasador.
- Me quedan 3 botellas de vino. Te dejo elegir porque se supone que los invitados tienen cierto privilegio. Hay un Benjamín Nieto Senetiner Cabernet, Un Terrazas Malbec y un Norton clásico.
-Traé el Terrazas. Me encanta el Malbec.
Él se hubiese tomado el Norton, pero qué mas daba. El hambre había tocado a su puerta también. Descorchó el vino mientras ella ponía a secar su ropa. Él todavía seguía mojado, al menos el pantalón estaba hecho sopa.
- Che, me voy a poner una bermuda porque esto de hacerse el hombre me va a tener cuatro días en cama después.
Dicho esto, enfiló para el baño. Pero en el medio se cruzaron, se miraron, sonrieron, sus manos se tocaron al pasar y el estribillo del blues «Love scene 6» retumbó en las paredes.

Se secó un poco y volvió a la mesa con varios gustos esperando en su boca, el de las pastas y el de ella. Le entraron con ganas, tanto al vino como a las pastas. Serán los factores externos, o quizás una improvisación axiomática. Se devoraron el tubo entero para cuando quisieron darse cuenta.

Fumaron varios cigarros y armaron porro también. En todo ese ínterin, ya estaban mas distendidos y sabían de antemano que era cuestión de tiempo para que uno de los dos cruzara esa barrera invisible que ponen los cuerpos. Finalmente fue él, que humildemente se ofreció a darle unos masajes en los pies, por debajo de la mesa. Se tendría que haber conformado con los pies y los dedos, quizás un poco de empeine y no haber tocado el tobillo, los gemelos y rozar con la yema de los dedos, donde se encuentra el peaje. Las rodillas son el punto exacto para medir las intenciones, si jugás por arriba, sobre el hueso, todavía tenés chance de que no se malinterprete. Ahora, si recorrés el pequeño tendón y ese huequito oscuro que se forma detrás, y te quedas merodeando, por decantación estás sujeto a cualquier interpretación. Ella entendió la seña que él no quiso hacer, no por falta de ganas, sino por maquinarse en que sería un insensato atropello. Corrió un poco la mesa, acercó un poco la silla y subió las piernas sobre su falda soltando un no tan ingenuo “Así estás mas cómodo”.

La tarde los irrumpió ya relajados y distendidos, entre caricias y un humo dulzón fueron aplastando, poco a poco, esa horrible invisibilidad que siempre empuja. Muchas ampollas y fricciones se produjeron por aguantar ese macabro juego. Pero entre risas, miradas y todo el mejunje proporcionado, resolvieron en un segundo el resto del día.

Jugaron a la esgrima con las narices, y se saborearon los restos de vino en los labios cuarteados, al te miro y te observo mientras analizo tu reacción a mis movimientos. Ella todavía seguía en su silla, con sus manos invadiendo todo el territorio; él estaba al borde de caerse o subirse encima de ella, haciendo equilibrio con la silla a 45 grados. En ese interín comenzó a recorrer su brazo con la mano izquierda, llegando al hombro, erosionando el comienzo del cuello y siguió de largo, donde nace el pelo bajo la nuca, ahí donde se anida la mezcla justa entre desenfreno y cariño.

Mandó a dormir al idiota que siempre se maquina y decidió jugar de igual a igual. La agarró de la mano, despacio pero firme y la trajo arriba suyo, donde tuvo todo al alcance de sus extremidades, que por cierto estaban desatadas. Se frenó un segundo, un último vistazo del absurdamente minucioso alter ego para corroborar que todo marchara bien. Risa pícara y, finalmente, metió tercera.

La respiración se mezclaba entre jadeos y una ropa que sólo estaba ahí para molestar. Miradas tácitas decidieron despojarse del peso que generaban los harapos, mientras una mano inquieta barría lo que quedó sobre la mesa, sin importar los platos y la botella, el desorden o los vidrios rotos espectantes sobre el piso.

Primero fue sobre la mesa, luego en la punta de la cama, arrastrándose como un mendigo hasta subirse, un poquito más tarde sobre la mesita de luz, haciendo añicos ese velador que tan bien alumbraba esos libros amarillos, que tanta luz necesitan. El baño y por último la cocina, esquivando los restos de aquellos impulsos.

3.
La noche los sorprendió exhaustos y pasmados, totalmente desfigurados por esa extraña y poderosa atracción incontrolable. Extenuados, cayeron desmayados sobre la cama. Y eso fue lo último que recuerda…

El amanecer despuntó con una resaca en el alba y unos manotazos hacia el otro extremo de la cama, buscando el perfume de la lujuria matinal. En vano, sacudió para un lado y luego para el otro. Buscó también por debajo de la sabana con los pies y, tras intentos fallidos, con un dolor de cabeza extenuante resolvió darse vuelta para ver si merodeaba por la cocina, o tal vez un haz de luz en la puerta del baño la delatase.

El drama de romper con la posición perfecta para hacer un buen rato fiaca le ganó a la curiosidad sobre la chica. Lentamente se refregó sus ojos y agarró un cigarrillo de la mesita de luz, lo prendió y terminó dándose vuelta. La panorámica revelaba una noche impetuosa, vidrios en el piso, restos de fideos colgando de la mesa, un par de prendas sobre el piso, la pared manchada con lo que parecía ser vino tinto y un encendedor en la otra mesita de luz. Miró al baño, buscando esa luz para ratonearse, pero inconscientemente volvió la cabeza y vió, esta vez observó, el encendedor. Su pecho desaforado estaba a punto de estallar, un frío sudor recorrió todo su ser, como si la muerte misma acariciase su espalda con el canto de la guadaña.

Comenzó a hiperventilarse mientras intentaba recordar vagamente el cómo, el dónde y, por sobre todas las cosas, el por qué. Ese encendedor pertenecía a él, pero no había viajado en el mismo avión y definitivamente no había estado consigo desde su arribo, ni prendido sus cigarros en este pedazo de tierra.

Estiró la mano para corroborar que no fuese una ilusión o una coincidencia; con una saliva espesa recorriendo su garganta y el torrente sanguíneo fluyendo a la velocidad de un rayo. Imaginó inútilmente que podría ser de Victoria, aún sabiendo que eso era imposible, que Victoria no fumaba y que, aunque lo hiciese, eran muy remotas las posibilidades de que tuviese el mismo encendedor con esas marcas que evidenciaban un solo pasado posible, el suyo propio.
Saltó de la cama buscando respuestas:
- Victoria, ¡¿Estás ahí?! -Gritó en un tono vacío-.
Ni siquiera el eco le respondió.

4.
Pasaron varios días mas y ningún capítulo de Seinfeld podía sacarle siquiera una sonrisa, en esa notebook que intentaba desbordar un poco de comicidad. Todo fue opacado por el yeso amarillento del techo, que poco a poco cedía en su estructura y lo iba aplastando lentamente, llevándolo cada vez un poco mas al ras del parquet y de esas finas líneas que acumulan tiempo y restos de vino. La locura se fue gestando, producto de un torrente de pensamientos y suposiciones, hipótesis que lo llevaban a analizar hasta el más ínfimo detalle.

Ya no podía ir a trabajar, y la opción de salir a desayunar se alejaba como ver tras el ojo de la cerradura. Era imposible siquiera permitirse la posibilidad de ser, aunque sea por un instante, feliz o distraído. Tenía que cumplir su condena. El fallo había sido dictado en los hilos del viento que se filtraron por la ventana aquella mañana.

Exclusión del mundo real por tiempo indefinido hasta dominar sus miedos o que lo dominen, aún sabiendo que su pecho sería esclavizado, maltratado y torturado, así como su mente entraría en un estado corrosivo letal.

Dormir de pronto se convirtió en una perturbante tarea. Tenía miedo de cerrar los ojos y ver a Julieta, abrirlos y encontrarse con otro objeto que lo llevase nuevamente al fuego. No había atajos para evitar eso ni callejones donde esconderse. Todos los movimientos ya estaban a la vista de cualquier jugador mediocre y él lo sabía. Pero lo peor de todo es que de a ratos tomaba consciencia de su capacidad reducida para mover.

Por un momento se le cruzó por la cabeza que a aquel encendedor se lo habían dejado por algo, mas allá del desasosiego que se pretendía generar. Ese pedernal moderno, sólo por un instante lo vio como un arma, como el mismo fuego que se llevó aquel ápice de felicidad, él podría arder hasta alcanzar la temperatura suficiente y, con suerte, sentir a Julieta una vez más.

Pero eso sólo duró un momento, varios segundos mas tarde recayó en la triste realidad de su cobardía, impidiéndole al fin descansar.

El tiempo fundó un nuevo paradigma, instaurando un nuevo modelo, o quizás se tergiversaron las agujas del reloj. Lo cierto es que ya nunca mas volverá a cantar «When I come home, cold and tired, it´s good to warm my bones, beside the fire», o lo hará, paradójicamente.

Articulos Relacionados:

  1. Todos los fuegos van al fuego (Parte 1)
  2. Todos los fuegos van al fuego (Parte 2)
  3. Todos los fuegos van al fuego (Parte 3)